27 sept 2007

Minihistoria

Cogió su vaso de whisky y lanzó una mirada desdeñosa a aquel cuerpo de carnes blandas que yacía sobre la cama. Todavía desnuda y con una sonrisa apenas perceptible, se calzó los zapatos, de un color rojo tan intenso como las manchas, aún calientes, de las sábanas.

Fue a por los pantalones y cogió el gran fajo de billetes que había en los bolsillos. Se perfiló de nuevo los labios, con tranquilidad y perfección, sin ningún titubeo en sus manos pese a que poco antes habían acabado con una vida. Ahora la sonrisa era más evidente. Cogió el abrigo y, vestida sólo con él, sus zapatos resonaron por el apartamento como los cascos de un caballo sobre el asfalto.


Fuente de inspiración: el sonido de los zapatos de una chica por la calle Saturnino Calleja.

25 sept 2007

Noche en blanco




La noche en blanco volvió a ser un éxito de público. Calles abarrotadas, autobuses hasta arriba, metro cerrado y colas, muchas colas. Es extraña esta ciudad. Uno puede acercarse al Botánico cualquier día por la tarde y pasear prácticamente solo. Pero si en los medios de comunicación te bombardean toda una semana con publicidad, para entrar en el Botánica la fatídica noche uno puede tener que esperar un buen rato en la cola y verle el careto a cientos de personas...

Nuestra noche en blanco tuvo velas, caricias y hasta una minisesión de cuentacuentos. Se celebró en nuestra pequeño hogar y no hizo falta pelearse con borrachos en la cola de un museo que abre todos los días. La primera vez me engañaron y la segunda la disfruté mucho más en casa. Para la tercera propongo una versión alternativa de noche en blanco con vino, amigos, juegos, cuentos y anécdotas. Creo que haremos un grato favor a la cultura con esa alternativa.

10 sept 2007

Golpe a golpe



Y en sus fotografías mostraba una odiosa sonrisa. Los labios estirados y el pelo largo recogido en una larga cola. En la playa o con corbata. Pensó entonces que aquella sonrisa era robada, como lo fueron aquellos besos. Toda la alegría que le había sido sustraída la mostraba él sin disimulo. No le gustaba odiar a nadie, pero en esta ocasión no podía evitarlo. De haber podido, hubiera golpeado su cara con el puño bien cerrado y con todas sus fuerzas. Le hubiera hecho sangrar, golpe a golpe, hasta que su mano no pudiera más. Los dedos, sangrientos, podrían limpiarse con las lágrimas que, a buen seguro, le caerían desde sus ojos. Sus propias lágrimas saladas escociendo sobre los dedos rotos. Y habría remordimiento. Probablemente sí. Todo el remordimiento que cabe en una mente perdida por los celos.

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