8 nov. 2004

La casa del mono

Dicen los más viejos que los gritos del mono llegaban a oírse en el otro extremo de la ciudad. El animal intentaba luchar contra las cadenas y salir de aquel confinamiento, desde el que podía ver las manchas de sangre del crimen.

Unos diez años antes comenzó a gestarse la tragedia. Uno de los más ricos caballeros de la ciudad había quedado viudo y sin hijos. Buscaba entonces una joven mujer que le pudiera dar la prole necesaria para seguir perpetuando su estirpe. Era un hombre ya mayor, callado, serio y viajero.

En uno de sus regresos desde tierras lejanas fue invitado a cenar a la casa de un viejo amigo. Fue entonces cuando apreció con placer los cambios sufridos en la hija de aquél. Cuando él había partido por última vez, era aún una niña. Ahora, su cuerpo era el de una preciosa jovencita de la que quedó enamorado.

La boda fue acordada con la mayor rapidez y premura. Para aquel rico caballero no había tiempo que perder y la joven descubrió esa misma noche, entre sábanas manchadas de sangre y lágrimas de dolor, que su misión única en aquel palacio era engendrar un niño.

Pero dicen los anales que ni la intervención de brujas gitanas pudieron remediar el terrible destino de aquel palacio. La muchacha no quedaba preñada y la desesperación del caballero era imposible de contener. Un día, frustrado, llegó a golpearla con fuerza tras acusarla de estar seca. Cuando admitió que jamás tendría un hijo, volvió a viajar lejos de sus dominios.

A su regreso, trajo un mono recién nacido que regaló a su esposa. El animal fue criado como un hijo y tuvo todas las atenciones de la casa. Así pasaron los años hasta que cierto día el milagro se hizo realidad. La esposa del caballero estaba embarazada. Lo que no pudo la magia, sí lo había logrado un joven de la ciudad en una de las salidas del esposo.

El caballero no pudo evitar sentirse el hombre más feliz del mundo cuando vio salir a aquella criatura del vientre de su mujer. La alegría por haber encontrado por fin un heredero pudo desde el principio con la curiosidad por conocer el verdadero origen del suceso y jamás preguntó a su mujer por las causas de su cura.

El niño fue tratado con mimo por parte de todos los habitantes del palacio, excepto uno, el mono, que fue relegado al mayor ostracismo posible. Era un ser invisible. El niño llegó a cumplir un año y ya comenzaba a andar cuando una mañana jugaba en la escalera de una de las entradas al palacio. El animal, celoso por aquel injusto trato, le empujó con fuerza hacia el suelo y la pequeña criatura falleció.

La sangre de aquel crimen fue la mayor maldición posible para aquella casa. El caballero, que murió sin descendencia, decidió no matar al animal -le parecía un castigo demasiado misericordioso- y lo encadenó en la escalera. La esposa nunca dejó de llorar a su hijo perdido y murió de pena algún tiempo después.

Desde entonces aquel lugar es conocido como "La casa del mono" y tres gárgolas en la fachada del palacio recuerdan a los protagonistas de la historia. Algunos vecinos dicen seguir escuchando los gritos angustiados del mono intentado soltarse de sus ataduras.

Para E.,
estrella de mis noches.

Basado en una historia de tradición popular en Cáceres.

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