
Me estoy quedando jodidamente calvo. Ésa es la realidad. No exagero. Hace unos días me corté el pelo bien corto y ésa ha sido la prueba de fuego. No hay mucho dónde rascar.
La verdad es que llevo unos días un poco obsesionado con el tema. Creo que E. está hasta las narices de mí. No ayuda tener una casa repleta de espejos -ya se podía haber ahorrado nuestra casera alguno-.
El caso es que hoy he salido del curro bastante jodido con el tema. He pillado un autobús -salí muy pronto, la verdad- y me fui al centro. Paseé un rato por la Fnac, pero ni eso ayudó a tranquilizarme. En las putas escaleras mecánicas hay espejos y en la entrada tienen cámaras de vídeo con pantallas bastante grandes.
He salido igual de fastidiado. Entonces, tuve una especie de iluminación. No sé por qué me acordé de
Chueca. Os parecerá una observación un poco idiota, pero hay muchos tíos bastante calvos que pasean por allí -no sé si tendrá que ver con que sean gays, me imagino que no, pero en porcentaje hay muchos más que en otros barrios- y lo mejor es que lo hacen muy ufanos, modernos y seguros de sí mismos. De hecho, la mayoría parecen más jóvenes que otros muchos chicos con el pelo bien largo -los de Nuevas Generaciones, por ejemplo-.
Así que allí me he ido y mis expectativas se han cumplido. Bueno, no del todo, porque pensé que estaría bien sentarse en una terraza y esperar a que me tiraran los tejos mientras leía el tocho-libro de Bolaño que llevaba encima. Y así lo intenté. Me senté en una terraza de la plaza de Chueca -qué caras son, joder- y un camarero calvo me trajo una cerveza. Saqué mi ejemplar de
Los Detectives Salvajes y disfruté del momento, la verdad. Gente animada, musiquilla, alguna guiri en minifalda, bastantes calvetes en las terrazas. La verdad es que era difícil no sentirse aliviado.
Pero me quedé con las ganas de que me tiraran los tejos. Miré un poco hacia los lados y no había mucho tío suelto, así que no me extraña. Quizá os preguntéis qué hace un heterosexual esperando que se acerque un gay, pero lo cierto es que, cuando uno está de bajón, un caramelo, sea de limón o de fresa, nunca está de más. Aunque no haya ninguna intención de comérselo.